En su mini departamento de Jesús María, montañas de libros esperan fielmente a Eloy Jáuregui. La mesa de comedor al igual que la mesita de centro, están abarrotadas de libros, textos y borradores. Pero es natural en él, ya que a sus 56 años, el periodista, poeta y profesor en la Escuela de Humanidades de la Universidad de Lima, ha leído mucho y no piensa dejar de hacerlo.
-Me enfermo cuando dejo de leer. Tengo que estar informado todos los días. Cuando viajo y no tengo un diario o un televisor me desespero-, dice el poeta.
Su pequeña y acogedora morada,-que es, más bien, un estudio- ubicado en una quinta de la avenida Sánchez Carrión, (ex Pershing), es un ambiente muy estimulante para escribir. La iluminación generosa y el silencio propicio. Son las once y media de la mañana, la entrevista que Eloy ha pactado con la reportera debe comenzar.
De pronto suena el teléfono. Es su madre, la señora Juanita, quien quiere saber cómo está. Hablan algunos minutos. Eloy le hace recordar que hoy, 21 de mayo, es el cumpleaños de su otra hija, ‘Totita’, la hermana mayor del poeta.
Mientras conversan, Eloy bromea. Sus ojos marrones oscuros y tristes se iluminan, delatando así el amor por su progenitora. Sus cabellos negros, que relucen algunas canas, no son muestras de haber perdido su ánimo de niño juguetón.
El hogar del cronista deja ver todas las características de un departamento de soltero, aunque Eloy no lo es. Dos sartenes, una tetera pequeña y sobre el muro enlozado que divide la cocinita de la sala comedor, se apoya un plato hondo lleno de ajíes ‘limo’, lo cual sugiere que al periodista le gusta lo picante. Y sus textos lo confirman.
Madre e hijo se despiden. En tanto, el brillo de dos pulseras y un par de anillos de oro que Eloy lleva puesto en ambas manos, llaman la atención. Las mangas de su inseparable casaca marrón de corduroy no logran ocultarlas. Esas joyas se las regaló su novia actual, una diseñadora de arquitectura peruana con la que ya lleva dos años de relación, “pero, eso sí, si peleamos, me las quita”, señala intentando ponerse serio.
Suena otra vez el teléfono. Es doña Juanita. Llama para saber cómo está su hijo. Éste le repite que se encuentra bien, y le recuerda nuevamente que hoy es santo de ‘Totita’, quien dicho sea de paso, vive con ella bajo el mismo techo, pero su madre no lo recuerda.
-Sí mamá hoy día es santo de tu hija. Claro, hace un rato te lo dije. Ya mamá, nos vemos más tarde. Si mamá, hoy es su santo. Ok. Chao, mamá.-
Eloy está un poco resfriado y tanto sonar su amplia nariz, hace que esta luzca más dilatada aun. Se levanta del mueble de la sala y se sirve un poco más de ron con Coca Cola.
Nuevamente el teléfono. Eloy le dice a la reportera que adivine quién es. Pues sí, es otra vez su mamá.
La invitada se pregunta “¿por qué la señora llama tantas veces?”. Quizás es una mamá absorbente, quizás se siente sola, quizás engríe demasiado a su hijo, quizás…Pero no. La señora Juanita, que ya pasó la barrera de los 80 años sufre esa enfermedad silenciosa que va borrando poco a poco todos los recuerdos, sin discriminar siquiera los momentos gratos.
Para colmo de males, doña Juanita tuvo además, hace unos años, un aneurisma cerebral que, por suerte, no se la llevó.
Niñez de novela
Eloy cuenta, alzando la mirada, acerca de su primer trabajo a los quince años, cuando se dedicaba a ordenar y encuadernar, en la casi extinta librería Minerva, centenares de copias de la obra: ‘Los Siete ensayos’ de Mariátegui, lectura obligada para los escolares.
En ese entonces, el joven aprendiz ordenaba los bloques de páginas uno sobre otro, vertical, horizontal, vertical, horizontal, armando una especie de torre. Encuadraba bien los extremos y luego encolaba una por una las tapas de los libros, que finalmente eran vendidos a centenares de librerías de Lima.
Rodrigo, el hijo del poeta, tenía razón. Eloy es un buen conversador. No fueron en vano sus estudios de lingüística en la Universidad de San Marcos.
“A pesar que todo el tiempo he escuchado sus relatos o leído sus artículos, siempre tiene un nueva anécdota o una opinión interesante y es imposible aburrirse”, comenta el orgulloso hijo.
Pero no todo era trabajo. También estaban las tardes de fútbol en su querido barrio de la niñez, Surquillo, y claro, también los fouls, como cuando a los diez años terminó con una fractura en la pierna derecha luego de que un compañero lo pateara violentamente durante un partido. Aquel incidente lo mandó a la cama durante un año. Tiempo en el que se dedicó tan sólo a leer y escuchar música.
La prueba de que Eloy no miente, es una marca que destaca en su pantorrilla y que el tiempo no ha podido borrar. “Valió la pena estar encerrado todo ese año en mi casa, porque tuve la oportunidad de leer mucho. Recuerdo que leía sobre todo las novelas de Corín Tellado”, comenta el poeta, mientras se levanta a servirse otro vaso de ron con Coca- Cola.
“Nunca me olvido de Surquillo. En ese barrio descubrí casi todo y gané especialmente buenos amigos. Me gusta ser leal con mis amigos y tengo la suerte de que ellos también sean así conmigo”, señala el periodista revelando su parte más sentimental.
A un lado de la sala llama la atención una foto del también periodista Guillermo Thorndike enmarcada en una caja de cartón. Eloy, que llama a su colega, ‘Padrino’, asegura que de éste aprendió todos los trucos del periodismo y por eso lo tiene pegado en la pared. A escasos centímetros de la foto, un polo de la ‘U’, revela sus gustos en el fútbol.
Un retrato de los tres hijos del poeta adorna el muro de al lado. Eloy se apura en señalar con un ‘puntero’, demostrando que ni en su casa puede abandonar el hábito que tienen todos los maestros de querer enseñar. “Ahí están los tres: Rodrigo, que es periodista como yo. Diego que es chef en el ‘Señorío de Sulco’, y Alonso, que es aprista. Ni modo”, dice con su clásica ironía.
La locuacidad del cronista, (ajos y cebollas incluidas, además de sus frases de doble sentido), llevan por momentos la conversación a tocar sutilmente lo sexual sin caer en lo grotesco. Afirma que escribir es lo mejor que le ha podido pasar en la vida. La reportera confirma lo que él dice y asegura que es todo un placer. Este aprovecha la ocasión y pregunta “¿es tan placentero como un orgasmo?. La reportera se sonroja. Él, celebra su travesura.
Para el también periodista Mario Vallejo, quien escribe en la página de espectáculos del diario ‘Expreso’, Eloy, más que un escritor, es un amigo entrañable.
“Eloy Jáuregui es uno de los cronistas más espectaculares que he conocido, es mi hermano de sangre y un compañero de travesías increíbles y fantásticas. Lo conozco muchos años y, por ende, sé muy bien de su arrebato, sus ideales y sus sueños. Es una persona leal, amable, sincera y transparente, es un amigo a carta cabal”, sostiene.
Eloy parece no tener hambre a pesar de que ya van a dar las tres. La reportera toma la iniciativa y lo invita a almorzar al restaurante que él elija. Este le señala la diminuta cocina y le indica que hay sartenes para que ella empiece a cocinar.
Después de una larga negociación, deciden ir al restaurante ‘La paisana 2’, una cebichería ubicada no muy lejos de la casa de Jáuregui. Éste bromea con el taxista diciéndole que no lo vaya a raptar, el otro le sigue la cuerda. Finalmente los tres se carcajean.
Ya en el local todos lo conocen, el dueño, los mozos, los comensales. Así es la fama. Pero, ésta no lo deslumbra. “Es bonito que te reconozcan, pero la verdad eso me intimida, me ‘arrocha’, se confiesa el hombre de prensa.
Se sientan y el pedido del poeta es un ‘encebichado’. Su compañera de mesa, confía en el buen gusto de Eloy y comparte la elección, y para que la espera del singular plato sea más placentera, el poeta se anima por una cerveza helada.
Finalmente llega el ‘encebichado’. Eloy no se equivocó. Este plato que está preparado con los jugos de otros cebiches tiene buena pinta. Observándolo bien el ‘encevichado’ es como el poeta, el poeta es como el ‘encebichado’. Es picante, pero no tanto. Es crudo cuando quiere, como el pescado sobre el plato.
Al fin una pregunta de la reportera, quien ya había olvidado por dónde empezar la entrevista.
- ¿Qué es lo que más detesta del ser humano?-.
-La falta de creatividad, pero enfocada a la dificultad que tiene el hombre para aprender a perdonar. La gente vive con rencores y pierde el tiempo pensando en ello.-
-¿Qué es lo que ama del ser humano?-
-La creatividad.
Jáuregui’, pide al mozo más ají. Acaba la botella de cerveza y haciendo honor al dicho ‘no hay primera sin segunda’, pide otra más.
Para ese momento, el cabello del poeta luce algo despeinado, al igual que los directores de orquesta al dirigir un concierto. Sus ojos, adormilados, delatan que, en realidad, es ‘pollo’ y que quizá sea esa la razón por la cual los mal intencionados se apresuran en calificarlo como ‘amante del trago’.
“No creo que sea un bebedor, sólo los envidiosos de su talento hablan así”, defiende a capa y espada Vallejo, cuando algún despistado le pregunta sobre ese tema.
Aunque es verdad que frecuentaba hace algunos años ciertos bares de Lima, como el famoso ‘Superba’,- bar ubicado en San Isidro y predilecto de los jóvenes en los años 60-, ahora su status de maestro no le permite esos lujos. “Tanto iba al Superba, que a veces incluso no me querían cobrar”, sostiene Jáuregui.
“A mi padre, que era un arequipeño muy alegre, le gustaba conversar y siempre me llevaba a los bares a donde él iba y yo escuchaba sus conversaciones. Es por eso quizá que me acostumbré a esa vida bohemia”, relata el cronista.
Los jueves son sus días de descanso -ese día sí se da licencia para beber-, aunque siempre está yendo y viniendo de alguna exposición, ya sea en la SUNAT, en universidades, institutos y demás. Tanto es su amor por la enseñanza y tanto lo requieren en todas partes, que no duda en viajar cada viernes a Iquitos para dar clases en la Universidad de esa ciudad, los sábados por la mañana.
Durante sus clases, Eloy es el mismo bromista de siempre, pero su vehemencia al enseñar, le hace por momentos elevar la voz, enfadarse con sus alumnos, cuando estos no llenan sus expectativas a la hora de redactar. “Recopilar, jerarquizar, editar y publicar”. Ese es su lema para alcanzar una buena redacción.
“Me parece un buen profesor, domina lo que dice y hace. Tiene gran experiencia. Es admirable”, destacó días previos a la entrevista, Pamela Rivadeneira, una joven estudiante del aula E- 370 de la Universidad de Lima.
Y aunque su vida es una vorágine,- crónicas en el diario ‘La República’, clases en la Universidad de Lima, exposiciones, viajes para seguir dando clases, escribir poesía. Sin dejar de mencionar la publicación de su libro de crónicas: ‘Usted es la culpable’ y de poemas ‘Maestranza’, Eloy se da tiempo para estar con sus tres hijos y su aún esposa Susana, quienes viven muy cerca, en la Residencial San Felipe.
Ciertamente, ha sabido llevar su relación con Susana Huamani, - psicóloga de profesión- en buenos términos. Son amigos, se quieren mucho, son padres orgullosos, pero hasta ahí nomás. “Ni ella me soporta, ni yo la soporto viviendo juntos, pero nos queremos muchísimo. Además, tengo novia y la amo con locura. No concibo el amor de otra manera que no sea vivir por y para el ser que amo”, revela el poeta.
El ‘encebichado’ ya va por la mitad y la conversación en su mejor momento. Esta vez, narra con gracia, un episodio que le ocurrió cuando éste tenía diecisiete años. El técnico de sonidos del quinteto chileno, Los Ángeles negros intentaba colocar los equipos por la puerta de artistas del ‘Palmero’, un local ubicado en la Residencial San Felipe. Al ver al joven Eloy, se animó a pedirle que lo ayudara a cambio de una propina.
“Me preguntó si no quería ganarme unos pesos si lo ayudaba. Yo no me negué. Cuando terminamos de instalar los amplificadores, guitarras y demás instrumentos en el escenario, me contó que acababan de llegar a Lima, y que esa noche debutaban. Luego me propuso para ser su asistente y yo acepté”, relata.
“Recuerdo que intenté colocar los tornillos de la batería en su lugar, pero no fue hasta la tercera vez que por fin logré que todo quedara bien. Lo gracioso fue que, a la hora del concierto, el bendito técnico había desaparecido y yo tuve que trabajar por él. Lo hice tan bien, que todos creían que yo era un experimentado. Así que, al final me terminé yendo de gira con el grupo y la pasé de lo lindo” comenta Jáuregui.
Ese es Eloy, impredecible, aventurero y ganador.
El reloj marcó las 5:30 de la tarde y aunque no hubiera podido existir jamás una plática más memorable, Eloy y su colega se dijeron adiós. Pero quedó el recuerdo imborrable por este maestro de la conversación y el deseo de un pronto reencuentro.
Antes
Despues



